Saber nadar es una habilidad fundamental, pero no garantiza que una persona esté completamente a salvo dentro del agua. Así lo advierten los especialistas Juan-Antonio Moreno-Murcia, catedrático de la Universidad Miguel Hernández, e Ismael Sanz Arribas, profesor del Departamento de Educación Física, Deporte y Motricidad Humana de la Universidad Autónoma de Madrid en un artículo publicado por The Conversation, donde explican que muchos ahogamientos ocurren no por falta de conocimientos para nadar, sino por un exceso de confianza una mala evaluación de los riesgos o decisiones equivocadas en momentos críticos.
Los expertos destacan que cada entorno acuático presenta peligros diferentes. Una piscina, una playa, un río o un embalse no ofrecen las mismas condiciones por lo que la seguridad no debe depender únicamente de la capacidad para nadar, sino también de la habilidad para identificar riesgos, controlar las emociones y reconocer cuándo es mejor no entrar al agua.
Entre las principales recomendaciones figura evitar la falsa sensación de seguridad que produce saber nadar, corrientes, oleajes fuertes, cambios repentinos de profundidad, mareos o el agotamiento físico pueden poner en peligro incluso a personas con experiencia. Por ello aconsejan no nadar en solitario, permanecer cerca de la orilla y utilizar chalecos salvavidas o dispositivos de flotación cuando se practiquen deportes acuáticos.
También insisten en la importancia de observar cuidadosamente las condiciones del agua antes de ingresar, la apariencia de tranquilidad no siempre significa que el lugar sea seguro, por lo que es necesario evaluar aspectos como la profundidad, las corrientes, el estado del fondo, el oleaje, las condiciones meteorológicas y la facilidad para salir del agua en caso de emergencia.
Otro aspecto clave es respetar las banderas, señales de advertencia e indicaciones de los socorristas, ignorar una bandera roja o ingresar a zonas no vigiladas o prohibidas incrementa significativamente el riesgo de sufrir un accidente que puede terminar en tragedia.
Los especialistas también advierten sobre los peligros de intentar rescatar a una persona que se está ahogando sin contar con la preparación adecuada, explican que el impulso de lanzarse al agua puede provocar que el rescatista también quede atrapado, convirtiendo la emergencia en una situación aún más grave.
En estos casos recomiendan solicitar ayuda de inmediato y si no hay personal de rescate disponible, intentar asistir desde tierra utilizando objetos flotantes como cuerdas, ramas, flotadores o cualquier elemento que permita a la víctima sujetarse sin poner en riesgo otra vida.
La supervisión constante de niños, adultos mayores y personas con discapacidad es otra de las medidas fundamentales, los autores recuerdan que los ahogamientos suelen ocurrir en silencio y en cuestión de segundos, sin los gritos o movimientos dramáticos que muchas personas imaginan, por ello hacen un llamado a mantener vigilancia permanente, especialmente durante reuniones familiares, comidas o momentos en que los adultos suelen distraerse. En el caso de las piscinas además recomiendan instalar rejillas antiatrapamiento en los sumideros y garantizar un acceso rápido al sistema que permite apagar la depuradora.
El artículo también alerta sobre la presión social como un factor que favorece los accidentes, muchas tragedias comienzan con desafíos aparentemente inofensivos, como lanzarse desde una roca, cruzar largas distancias nadando, permanecer más tiempo bajo el agua o ingresar a zonas peligrosas para demostrar valentía. Los expertos subrayan que rechazar este tipo de retos puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Asimismo recalcan que nunca se debe entrar al agua después de consumir alcohol, drogas o determinados medicamentos, ya que estas sustancias afectan la percepción, disminuyen los reflejos y reducen la capacidad de reaccionar ante una situación de emergencia.
Como conclusión los especialistas sostienen que la prevención de los ahogamientos debe comenzar mucho antes de ingresar al agua, consideran que además de enseñar a nadar, es necesario promover la llamada alfabetización acuática, una formación que permita a niños, jóvenes y adultos comprender los riesgos, respetar el entorno y tomar decisiones responsables. En definitiva afirman que saber nadar puede ayudar a sobrevivir, pero saber cuándo no entrar al agua, cuándo salir y cuándo pedir ayuda puede ser lo que realmente salve una vida.























